La brisa fresca del atardecer volvía, de nuevo, a acariciarle su deteriorada piel plástica. El paso de los siglos, lento e interminable, no le jugó ninguna mala pasada. Sus componentes sintéticos interiores seguían funcionando. Bueno,… hubieran seguido funcionando si dentro de su cerebro, por llamarlo de algún modo, hubiese seguido habiendo información, material con el cual pensar, elaborar pensamientos y simular la inteligencia que, eones atrás, le caracterizaba a él como a todos sus compañeros. Pero la hubo, y no se movieron.
Todo este tiempo, des de la muerte del último de sus Señores, había permanecido vacío, sin nada con lo que trabajar en su “mente”, carente de la capacidad que antaño le permitía almacenar todo lo que veía, escuchaba, notaba,… y eso fue una auténtica atrocidad. Lo que serían sus ojos, aquello que le daba la capacidad de percibir su entorno mediante estímulos visuales, habían presenciado las cosas más hermosas, impresionantes e inimaginables para cualquier ser de cualquier otra naturaleza. Nadie puede contemplar la formación de una cordillera de montañas, donde antes no había más que un extenso llano, y vivir para contarlo. Ni percibir la lenta formación de un cañón, hecho por el incansable y eterno paso de las aguas de un pequeño río. Ni ver el nacimiento de un bosque milenario con árboles que llegaban a rozar las nubes más altas y troncos tan gruesos que parecían más bien muros de madera infinitos. El vio todo eso y más, mucho más. Pero no recordará nada, no tiene donde poner sus recuerdos. Y todos ellos, desaparecen antes de ni siquiera formarse.
Su pesado cuerpo, sentado en la cima de montículo rocoso, apacible observador, sobrevivió tempestades, horribles inundaciones, huracanes, terremotos y lluvias de meteoros. Todo él estaba recubierto de moho, líquenes, y pequeñas plantas que trepaban por su espalda, cuello y brazos. Bajo sus piernas, la roca se iba deteriorando y gastando, quedando casi fundido con la piedra, formando parte del terreno. Era difícil determinar dónde empezaba él y dónde la montaña. A demás, la cima se iba desplazando, moviéndose y cambiando su inclinación a lo largo de los milenios.
Había muchos más como él, repartidos por toda la superficie de aquel planeta. Muchos dejaron de existir, algunos llevados por las mareas a las oscuras profundidades de algún océano, otros enterrados bajo kilómetros de lava solidificada emergida de algún volcán cercano, otros erosionados por los el polvo i la arena levantados por fuertes vendavales y tormentas, hasta quedar reducidos ellos mismos a limaduras. Algunos sufrieron daños por parte de algún organismo, planta o animal, otros cedieron por enormes grietas formadas bajo sus cuerpos por monstruosos terremotos, lluvias o riadas, cayendo en las entrañas mismas del planeta, otros fueron sepultados por enormes glaciares o aludes en las altas montañas y otros fueron inutilizados por incendios provocados por un relámpago o tormentas eléctricas.
Ante estos peligros, ninguno de ellos pudo reaccionar, no tenían la capacidad de apartarse o salir corriendo cuando lo necesitaban. Todo lo contrario: permanecieron inmovibles des del primer día. ¿Cuándo fue? Nadie lo sabe con certeza, y es posible que nunca se sepa. Se crearon nuevos continentes, nuevos mares, crecieron montañas, pasó el tiempo… y entonces ocurrió.
Gaff
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