El Portavoz Mudo

En esta página están recogidos inicios de cuentos e historias, que quizás no acabe nunca, que quizás nadie se interese en ellas excepto yo. Pero lo seguro es que estarán mejor al aire libre de la inmensa Red que en la diminuta y olvidada carpeta de mi escritorio.

Me presentaré con el nombre de Gaff. Bienvenido.

Capítulo III

La noche anterior cesó una monstruosa tormenta que no paraba des de hacía unas semanas. Impasible, seguía con su eterna observación. Empezaba a salir el sol por el este, situado en frente suyo, iluminando con tonos anaranjados las escasas nubes que quedaban en el cielo. El rocío cubría la poca vegetación que se atrevía a vivir en aquel rocoso terreno que le rodeaba, húmedo y con varios charcos esparcidos aquí y allá. Desde la altura en la que se encontraba apenas podía divisar las poco nevadas montañas que emergían al otro lado de la inmensa llanura que se extendía a sus pies. Pese a la poca vegetación, aunque alta, predominaban mucho los tonos verdes, con algunos amarillos de plantas secas y hojas muertas. Y ahora con todo mojado resaltaban más los colores.

A sus espaldas se oía el chillido de lo que parecía ser un águila, que se mezclaba con el zumbido de un enorme abejorro que acababa de entrar en su campo visual. Sus ojos percibían la elegante danza en forma de ocho que llevaba a cabo el insecto, ante él, como queriendo seducirle, pero… algo le tapó el sol. Una alta figura se interpuso entre el astro y él, proyectando una larga sombra. El abejorro seguía danzando.

¿Qué demonios era aquello? El no lo percibía. Sus ojos se limitaban a ver, sin querer retener ningún tipo de información. Solo… miraba. Observaba aquella cosa que le eclipsaba, sin curiosidad ni ningún tipo de emoción o sentimiento. La observaba, junto con el paisaje. Era parte del paisaje.

La extraña figura descansaba sobre dos esbeltas piernas, llenas de manchas y magulladuras. Más arriba, des de un tronco central, le colgaban dos brazos. Uno acabado con una delicada mano, el otro con una especie de muñón metálico, despedazado. Y por encima de todo, una cabeza, con una enorme y profunda contusión en lo que parecía ser su sien derecha. En su rostro destacaban dos ojos, redondos, uno de ellos roto o desviado, y una curiosa boca, también redonda. Por entre las brechas y fisuras, repartidas a lo largo de todo su cuerpo, asomaban pequeñas plantas y hongos, y bajo ellos, se podía divisar un recubrimiento plástico, la piel, con un hermoso matiz de añil, que parecía desprender luz propia pese a la suciedad en la que estaba bañado.

Se quedó delante de él observándolo a su vez, ladeando ligeramente su cabeza. Quizá pasaron segundos, quizá días enteros. O incluso años, o siglos. Hasta que finalmente, el extraño erguido, le tendió su mano derecha.

Interacción.

¿Que era eso? ¿Como se hacía? Moverse… sí. Hacía millares que nada ni nadie le pedía que actuara. Pero… actuar. ¿Como se hacía?

Con un inmenso esfuerzo, el pacífico sentado, intentó alzar la cabeza para mirar la mano, la única mano que aquello tenía y le estaba ofreciendo. Su cuello chirrió, pero no se movía. Por un momento pareció que se iba a romper. Y al final, crujiendo como una rama seca, levantó el mentón, enfocando sus ojos hacia aquella mano. De su nuca saltaron pequeñas piedrecillas, partículas de polvo y suciedad. Una cucaracha salió de un agujero que tenía detrás de lo que vendría a ser su oreja, espantada por el infernal ruido de las vértebras al moverse.

Ciertamente, le fue más difícil mover su brazo. Tenía los dedos casi fusionados con la roca. Intentó ayudarse inclinando su cuerpo hacia la izquierda. Una nube de polvo se levantaba a cada movimiento que efectuaba, junto con sus correspondientes chasquidos. Sus movimientos eran espasmódicos, más bien torpes. A medida que conseguía más libertad de movimiento se veía con más facilidad la ineptitud de sus meneos. Parecía que se estuviera desmoronando, hasta que finalmente consiguió levantar su mano. Se llevó con ella un pedazo de roca, y entonces se fijo que sus movimientos para levantarse habían abierto una brecha a lo largo de la montaña. Apretó los dedos con fuerza. Uno de ellos lo tenía inutilizado. Apretó hasta que el pedrusco saltó en miles de trocitos. Una vez liberada su mano, la tendió hacia el desconocido.

Se tocaron. Un profundo hormigueo recorrió sus cuerpos. Contacto… cuanto tiempo.

El extraño tiró del brazo con todas sus fuerzas, mientras él intentaba levantarse. Sus caderas sonaron, con golpes y crujidos metálicos, a la vez que intentaba doblar sus rodillas, sepultadas bajo una capa de polvo y líquenes. Por su espalda, se rompió una planta enredadera muerta, con el tallo seco y las hojas marrones. La roca saltaba a trozos, rompiéndose. La montaña gritaba de dolor, desquebrajándose bajo el peso y la fuerza que el extraño hacía con sus pies para levantar a su amigo. Se estaba clavando al suelo por momentos.

Casi lo tenían. La mano izquierda ya estaba libre, así que la juntó con la otra, para tirar con más fuerza. Su trasero se empezó a levantar, rompiendo la dura roca que lo apresaba. Lo tenía estrecho, abollado.

Faltaba poco. Casi estaba derecho. Sus piernas estaban desviadas, arqueadas por la fuerza de la roca tras tantos siglos en contacto. Su compañero, con los brazos a punto de partirse en dos, dio un paso atrás, tirando con su cuerpo para hacer más peso.

Salió. Empezó a rodar colina abajo, sin dejar las manos de su amigo, su liberador.

Y paró de rodar.



Gaff

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