El Portavoz Mudo

En esta página están recogidos inicios de cuentos e historias, que quizás no acabe nunca, que quizás nadie se interese en ellas excepto yo. Pero lo seguro es que estarán mejor al aire libre de la inmensa Red que en la diminuta y olvidada carpeta de mi escritorio.

Me presentaré con el nombre de Gaff. Bienvenido.

Capítulo IV

El extraño se levantó. Una vez hubo recobrado el equilibrio, miró fijamente a su amigo: estaba tendido en el suelo, encima de su brazo izquierdo, inmóvil. Le faltaba uno de los pies, que se le arrancó al levantarse de la roca. Pero por lo demás, seguía igual. Los dos eran muy parecidos, por no decir completamente idénticos, a pesar de los rasguños y los miembros rotos.

Estirado, el rescatado de la montaña, levantó la cabeza en un cómico espasmo para mirarlo a su vez, adoptando una triste postura. El contacto visual no duró mucho.

Y aquél, el que había interrumpido la hermosa danza del abejorro, se fue tal y como vino, con un sereno y tranquilo andar, acariciando la tierra bajo sus pies a cada paso, arrullando con el dulce chirrido de su cuerpo metálico a las plantas y rocas que le observaban, curiosas, acompañadas por el otro que, desde el suelo, le seguía con sus ojos.

Ya solo era un puntito en el horizonte, no más grande que una hormiga. Estaba lejos… muy lejos… pero si se levantaba quizá podría alcanzarlo. Sí, lo intentaría. Torció su senil cuello, forzando su mentón hacia su pecho, para mirar aquel destartalado cuerpo. Se fijó en su brazo derecho, como, lentamente, lo levantaba… y apoyaba la palma de la mano en la roca desnuda. En su codo sonaron chasqueos del tensarse de viejas cuerdas metálicas. Varias veces. Parecía que se fuera a romper. Entonces depositó parte de su peso en él, y su espalda empezó a erguirse, levantándose, acompañado por el crujir de sus hombros. Sacó su mano izquierda, sobre la que antes estaba tendido, para ayudarse. Consiguió ponerse a gatas, de rodillas. Luego levantó una rodilla, plantando su pié derecho en el suelo. Y, con las dos manos encima de lo que sería su cuadriceps, se esforzó para alzar su pesado cuerpo. De su espalda empezaron a brotar una sinfonía de chasquidos y estridencias que resonaron por toda la llanura. Le costaba. Ya casi lo conseguía. Apoyó su pierna derecha, carente de pié, en la roca. Separó los brazos de su cuerpo, consiguiendo más estabilidad. Dejó de mirarse los pies y alzó la cabeza. Aún le veía, aunque estaba muy lejos… pero seguro que le alcanzaba.

Volvió su vista al suelo. Sabía como andar, pero sus piernas estaban algo atrofiadas. Pese a esto, empezó: primero balanceó ligeramente su cuerpo hacia la izquierda, para después levantar la rodilla derecha, haciendo un suave empujón con la punta del pié derecho. Su cuerpo empezó a inclinarse hacia delante, con lo que pudo avanzar la pierna derecha y plantar el pié encima de una planta seca. Siguió desplazando su cuerpo hacia delante, levantando así la pierna que tenía detrás. La tiró hacia delante, mientras flexionaba la otra. Así, amortiguaría el paso, debido a la falta de pié. Y otra vez, de nuevo. Y otra.

Los primeros cincuenta pasos fueron lentos, pesados. Pero luego cogió soltura y pudo andar sin mirar sus pies, con la cabeza alta.

De repente la tierra dejó de moverse, las montañas pararon de crecer, las nubes cesaron su eterno baile, los árboles se inmovilizaron, junto con las plantas, el contorno de los ríos y lagos. Todo paró. Todo… él no. Ahora era él quien se movía y no su entorno. Entonces se levantó y tomó el relevo de la fuerza de los mares, del viento y de las mismísimas entrañas de la tierra. Todo paró, y se centró en él, flamante caminador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario