El Portavoz Mudo

En esta página están recogidos inicios de cuentos e historias, que quizás no acabe nunca, que quizás nadie se interese en ellas excepto yo. Pero lo seguro es que estarán mejor al aire libre de la inmensa Red que en la diminuta y olvidada carpeta de mi escritorio.

Me presentaré con el nombre de Gaff. Bienvenido.

Capítulo V

Cuatrocientos veintitrés mil setecientos setenta y uno, cuatrocientos veintitrés mil setecientos setenta y dos, cuatrocientos veintitrés mil setecientos... Seguía andando. Aun no había parado, siguiendo el lejano punto, quien le dibujaba el camino. Día tras día, iluminado por el imponente sol; noche tras noche, rociado por la gélida luz de la luna. Seguía, imparable. Sobre tierra, sobre roca, sobre verde hierba… Arrastrando sus torpes piernas por el fondo de lagos y ríos. Cuatrocientos veintitrés mil setecientos ochenta y nueve, cuatrocientos veintitrés mil setecientos noventa,…

En aquel momento estaba atravesando un valle, situado entre dos altas montañas, verdes, con gruesas rocas emergiendo como islotes de entre un mar de tiernas hojas, mecidas por el viento. Las altas espigas bailaban a sus pies, acariciándole las piernas, desviadas y llenas de rasguños.

Y se paró. ¿Por qué? ¿Alguien lo sabe? No. Sus dos piernas, paralelas y desniveladas, le hacían adoptar una postura graciosa, con las caderas torcidas. Por un momento consiguió dejar quietos sus brazos, que se movían agitados, para no perder el equilibrio. Fue entonces cuando se giró y miró a sus espaldas. Quizá por la melancolía que le inspiraba el estar tan lejos de donde había pasado los últimos siglos, añoraba el lugar. ¿Podía él sentir añoranza? O quizá por el curioso ruido que se escuchaba, lejano, pero caudaloso, a sus espaldas. Camino atrás, se divisaba en el horizonte un extraño resplandor, como un espejismo, una marea de luces centelleantes, dispuestas en línea. Apenas se llegaba a distinguir. Sin embargo, se oía un remoto golpeteo. Lejano, muy lejano.

Volvió sus ojos hacia delante, para ver aquel distante punto que llevaba siguiendo durante días. Continuó sin moverse. Parecía dudar. ¿Dudaba? No. Siguió andando. Cuatrocientos veintitrés mil setecientos noventa y uno, cuatrocientos veintitrés mil setecientos noventa y dos, cuatrocientos veintitrés mil…

Pasaban los días, y aquella rara serpiente alumbrada seguía en el horizonte, centelleando, siguiéndole. Cuatrocientos veintisiete mil ochocientos treinta y seis, cuatrocientos veintisiete mil ochocientos treinta y siete, cuatrocientos veintisiete mil ochocientos… Y lo alcanzó. No lo vio hasta que no lo tuvo a unos cincuenta metros. Estaba allí, quieto, de perfil. Dio unos pasos para ponerse a su lado. Por fin… ¿Que miraba?



Gaff

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