Observando… ¿Qué miraba con tanta atención? Sus ojos apuntaban directos a un árbol, un bello, grueso y torcido árbol que seguramente llegaría a contar más de mil años. Sobresalía de entre todos sus compañeros. En su inmenso tronco, de un marrón apagado, resaltaban gruesos nudos y betas, muy profundas. A medida que subía se iba retorciendo e inclinándose hacia un lado, hasta que a unos tres metros de altura se dividía en poderosas ramas, que sostenían una gigantesca multitud de hojas diminutas que bailaban y se agitaban con el viento. Sus enormes raíces abarcaban un gran terreno, hundiéndose bajo suelo, mezclándose, dibujando sinuosos caminos en aquella fértil tierra, tan diferente de donde él venía.
Y bajo este coloso del bosque, en la bifurcación de dos de sus raíces, destacaba un bulto, cubierto de plantas y medio enterrado en la corteza del árbol.
Desde una distancia prudente, el recién llegado observó cómo su libertador tendía la mano a aquel extraño bulto, y, derecho, esperó… y esperó… hasta que el árbol se movió. De repente, el enorme tronco empezó a enderezarse. Las hojas se agitaron, como espantadas. Algunas cayeron al suelo, ligeras y lentamente. La tierra gruñó, y como queriendo acompañarle, un gemido metálico surgió de sus raíces. Ante este espectáculo, el viento pareció parar, junto con todos los otros ruidos del bosque, pendientes de él.
No se dieron cuenta, pero cuando el movimiento cesó, el gigantesco árbol estaba sujeto al suelo, simple y solamente, por un punto. Un fuerte punto, con dos piernas. Otro hermano. Otro siervo de los Señores.
Este, de cuya curvada espalda parecía emerger la poderosa planta, dio unos cansados pasos, esforzándose para llegar al que amistosamente le ofrecía su mano. Sus pies se hundían en el suelo, haciendo crujir las rocas. Y cuando estuvo a pocos metros de él, levantó por fin su cabeza y le dio la mano. El extraño observador, con dura firmeza, tiró de su mano. Y con la otra, ayudó a su amigo a erguirse. La corteza del árbol había penetrado en su interior, metiéndose entre las juntas y por los agujeros de su cuerpo. Así que costó. A medida que se iba alzando, el árbol cedía. Iba astillándose, rompiéndose. Una enorme grieta partió el tronco en dos, y la parte más gruesa cayó. Esto le aligeró enormemente el peso, a parte de que ahora podía andar sin tantas dificultades. Los dos hermanos se soltaron.
Y el extraño, con una fugaz mirada de despedida, dio la espalda y se fue tal y como había venido.
Gaff
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